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G. C. GROENLAN
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Preciosa mujer: ¿Quisiera usted salir conmigo esta noche?
Preciosa mujer: disculpe la intromisión, pero la he visto tan hermosa en su foto de perfil.
Y me preguntaba si, usted, ¿Quisiera salir conmigo esta noche para poder conocernos mejor?
Más de un sin fin de veces preguntaba esto en los últimos meses a las mujeres por mensaje de texto, lo cual siempre recibía una respuesta desaprobatoria por parte de todas ellas. Más de una ocasión encontraba una chica nueva en la red de citas, y siempre era grato hacer la misma pregunta, a lo cual ellas siempre se negaban, tan siquiera a llegar a conocerme en persona. Yo me despedía, como es costumbre con una gran retirada de galantería, -puesto que deseo mantener mi honor de hombre elegante intacto ante las demás mujeres-. Finalmente tomó asiento todo afligido en mi interior. Cierro mi perfil, y trato de sentarme en mi silla. Me levanto, y salgo a caminar por la calle, me echó a andar sin rumbo fijo. Todo pensativo y estúpido me siento yo por dentro.
Me he echado esta elegante propuesta con más de un sinfín de mujeres, entre ellas amigas que conocía; desconocidas que lograba ver en la calle o pasando por la escuela; en los museos hacia esta propuesta a chicas jóvenes o muy señoras; en las iglesias, aprovechando el lamento de las jóvenes que entristecidas por la pérdida de un ser amado; o a las mujeres viudas que se encontraban de luto. Siempre el mismo resultado. Incluso llegué a proponérselo a chicas más jóvenes que yo. “En ese tiempo cualquier agujero es una buena trinchera”. Decía para mí mismo.
Se lo propuse a más de una mujer revoltosa; chicas hastiadas y bellas; desconfiadas y deliciosas; ingenuas y locas que volvían de la escuela con sus calcetas largas y falda corta, así como unos deseos irresistibles de divertirse y pasarla bien.
¡Pero nadie, absolutamente nadie ha atendido mi irresistible ruego!
No obstante, decido emplear medios más sofisticados, puesto que soy un hombre joven con una enseñanza superior en mis estudios, universitario experimentado en asuntos sobre mujeres, y más de mujeres cuando de estas se trata. Si. En todos estos años cursando mi carrera de novelista he conocido a un sin fin de mujeres en la literatura, todas ellas con un motivo más que amar. He visto y conocido de todas las categorías y temperamentos: pelirrojas orgullosas, con los pechos llenos de pecas; rubias modestas, con las pupilas sumergidas en un coronel o soldado; morenas tormentosas, impávidas, que son capaces de arrancarte el corazón mientras sorben tus labios… Y unas que otras que se me presentaron con tal facilidad, que para mí es difícil olvidarlas por completo.
Mas he aquí, a pesar de todo, me encuentro con los brazos cerrados y el corazón abierto por una mujer. Una sola hembra en este, un desierto de mujeres con la que yo pueda compartir mi cama, mi baño, incluso, hasta mi coche.
Pienso detenidamente mientras camino -pienso- hallando excusa aparente de mi soledad. Mi aspecto, por deducción, -será, acaso de un ser aproximadamente- y de costumbre: alto, poco serio y seco en sus palabras, con cabello negro y ojos café oscuros. Camina con elegancia, como si el suelo fuera de su propiedad. Bajo el brazo porta un libro de la más elegante y fina literatura, -pues es grato dar a saber que lee mucho-. En mi camisa llevo un cuaderno y pluma metida, “¡Ante cualquier idea es necesario tomar nota!”. Cuando el tiempo es favorable usar zapatos; cuando amenaza la lluvia, botas. Nunca me sorprendió mi andar, como ir así por la ciudad, incluso dejando de lado lo que dirán las personas de mi aspecto, así como mi profesión de novelista. Sin embargo, me esfuerzo por querer demostrar mi talento. Aclaro, que mis antepasados no eran así, soy el único que habrá elegido esta profesión poética: “De novelista académico”.
Aun así, no hay mujer que quiera cenar conmigo. Todas se dan a desear, se ponen difíciles al momento en que las empiezas a tratar, se vuelven las afectadas para que después huyan, y ya jamás vuelvas a saber de ellas. Yo no me daba por vencido. Me mantenía con mis esperanzas altas. Pues cada día me cuidaba; huía del sol; me bañaba dos veces al día con jabón que aclaraba la piel; me cambiaba dos veces de ropa interior; incluso me hacía lavado bucal frecuentemente.
¡Hoy será el día! Llevaré a cabo una experiencia nueva: portare un traje azul y me vestiré con una corbata y zapatos de color café. Me colocaré unas gafas cafés para combinar; pues he observado que mis ojos asustan a las mujeres cuando me ven cerca, cual si no tuvieran confianza de mí y temieran que pudiera secuestrarlas o violarlas.
Así pues, todo está listo para que el día de hoy pueda verme de tal guisa: portando un traje azul y unas gafas cafés, tan grandes, como mis orejas puedan soportar.
Camino por el parque. Una especie de selva, con calles muy anchas, y alrededor de su margen crecen árboles, envueltos en el humo de la noche. Sobre las bancas, solitarias parejas se entregan de una forma calurosa. Camino sin rumbo, pero con paso fijo, como debe hacerlo un hombre sobre la tierra.
Veo mujeres en las calles, calles iluminadas y repletas de hembras muy lindas mueven sus cinturas atrevida-mentes.
¡Serían buenas mujeres para mí!
Las mujeres van y vienen por las calles. Son fuego andante; y yo temeroso de quemarme. Todas ellas son candentes que me derriten por dentro. Me miran con sus ojos apasionantes. Otras, solo disimulan verme. Pero es el traje lo que ha hecho que girarán de nuevo a verme con esos ojos. Que es un arte que solo ellas poseen. De imprevisto, me da la impresión, como me entra el deseo de volver a casa a bañarme, de lustrar mis zapatos, de volverme a peinar... Porque es muy dura la vida.
Mas he aquí en pie, de súbito, un pensamiento frívolo logra cruzar mi mente:
¡Todas, todas las mujeres van a casa con su hombre, lugar donde está disponible un corazón para ellas!
Comienzo a enojarme, asfixiante la ropa me empieza a incomodar necesito quitarme el traje. Un sudor helado empieza a recorrer mi cuerpo, se siente grasoso.
¡Todas, ya tienen un lugar disponible en sus corazones!
Acude a mí una visión cada vez más irritante. Logró ver a los jóvenes, sentados en las bancas del parque donde alegremente los veo entregándose…
- ¿Es que no quedara mujer alguna para mí en este mundo? - gritó mientras estaba sentado, dándome por vencido.
Una dama, con vestido blanco, me levanta en sí:
- ¿Señor? ¿Está usted bien? - Profiere con sus tacones en mano.
- Sí- replicó- ¿Perdone usted? Me siento perfectamente. Gracias.
- ¡Empezaba a creer, que no era la única con una mala noche!
Se lleva su flequillo hacia atrás. Se despide y se marcha. Pero en ese instante la ocurrencia como la desesperación hacen que acometa:
¿Y si la matara? ¡Podría quedarme con su cuerpo para al fin no volver a estar, ya jamás solo en el mundo!
Rápidamente voy tras ella entre la multitud, me veo como un loco siguiéndola. Toco, sin brusquedad alguna, su hombro.
-Perdone lo poco ortodoxo- digo-, ¿Pero es usted soltera?
La muchacha me examina y contesta:
-Acabo..., acabo de terminar una relación hace poco.
Ella se entristece y llora. - Por un estúpido- dice al fin.
- ¿Puedo acompañarla?
- ¿A dónde?
- A que no cometa una estupidez.
-Gracias...- murmura, como si quisiera deshacerse de mí, que la ha seguido como un loco y la ha tocado en el hombro, -Pero por el momento quiero estar sola.
-Disculpe la impertinencia: ¿Pero iba usted a tomar un taxi?
-Si- confiesa-. ¡Y, de hecho, ya es muy noche!
- ¿Me permite acompañarla? Me sentiría aliviado, al saber que llega con bien a su destino.
Caminamos hacia delante y nos vemos rodeados por mujercillas; ahora las contempló con indiferencia, y sin necesidad de ir tras ellas. Incluso, me atrevo a quitarme las gafas de sol, y las guardó en el bolsillo de mi saco. Aspiro que la noche no es buen momento para traerlas puestas:
Me veo ridículo.
En el trayecto, logró tomar por la cintura a mi acompañante poseído por la fragancia nocturna y su disculpable calor que me emite. Por el contrario, ella se ve preocupada a cada momento que pasamos. No osa decir nada, voltea ambiguamente y sonríe, a menudo jadea con la intención de liberarse; pero logró incorporar de nuevo su cintura a mi mano. A lo cual le suelo preguntar:
¿Dónde, dice exactamente que conoció a su novio?
- ¡Oh, por favor señor, por favor! ¡Usted no me conoce! - implora tímidamente, - ¡Y no sé qué le ha dado el derecho de agarrarme de la cintura y hablarme!
Me desconcierto de pronto. Miles de personas a mi alrededor me empiezan a ver con desconfianza. Los odios. Trató de ahuyentar la escena indicando lo siguiente:
- ¿Usted perdóneme? Pensé que buscaba compañía esta noche.
- ¡Si! - responde agitada, - ¡Pero no esta clase de compañía, señor!
- Correcto- admito- ya no le quitaré más su tiempo, y espero ¿me pueda disculpar?
-Bueno... ¡hasta la vista señor! -exclama, extendiéndome su delicada mano.
Ella de seguro no lo sabe, pero puede ser amada para ya jamás estar sola. -logro pensar de forma involuntaria.
Ella se va alejando de mí. Yo entreveo mi imagen, ya no al lado de un asiento vació en el taxi, sino al lado mío está ella, sentada y complaciente. “logró tener mis brazos alrededor de su cuello, ella me mira franca, apasionadamente a los ojos, puesto que no traigo mis gafas. Ahora llevo puesto un traje rojo, con una corbata negra y sombrero.
- ¿Se marcha usted? -lamento-. ¡Fue un gusto conocerle!
- ¡También para mí!
Antes de irse me da un beso, tan grande y extenso. Que para mí es difícil dejarla ir. La invito a mi casa, y ella asiente con la cabeza. Cruzamos calles, tras calles, todas gemelas. Ella está pegada a mi pecho. así media hora, cuarenta, tal vez cincuenta; el taxi se detiene por completo.
- ¿Está aquí? - pregunta.
-Si, aquí mismo-respondió.
Ella sale, y yo liquidó la cuenta. Con la portezuela abierta le digo:
- ¡Muchas gracias! Tenga usted una muy bonita noche.
Caminamos por un sendero largo, lleno de barro. Con frecuencia ella se tropieza, pero yo la agarro del hombro impidiendo que resbale. Es tal la felicidad en mi pecho que salta de mi un cantar.
¡Esta noche, esta noche al fin tendré mujer, no estaré solo en el mundo! -pienso-.
¡No moverá mucho su cuerpo pues está muerta, pero al menos pasaremos un momento agradable los dos!
-si está muy rígida la aceitera. Si su ropa está deteriorada, la vestiré. Si está muy pálida, le untaré carmín en sus mejillas… “Ella se sentará en mis rodillas y le pasaré las manos a su cintura, ella me mirará con sus ojos quietos pues no temerá a mis ojos cafés.”
Llegó por fin a mi casa, toco la puerta y nadie me sale a recibir. Llamó repetidamente a la puerta: ni una triste alma que acuda a mi llamado.
Debe ser muy tarde -cálculo-, debe ser muy tarde, y los mayordomos se han ido a cama cuando dispusieron de la hora y no llegaba.
Sentado en los peldaños de la escalera acomodo a mi mujer a mi lado, nos disponemos a esperar con toda calma.
- ¿Tienes llaves? -pregunta.
-Nunca tuve- respondo, riendo entre dientes.
Transcurre el tiempo y fumamos un cigarrillo, me levanto. Miro a los alrededores, y me encuentro con una ventana, con la agilidad de un ratero en esta sede. Se abre y entramos al interior de la casa. Acomodo a mi mujer en la silla de la sala. Yo mientras, cierro la ventana, pues el frío era cadavérico.
Vuelvo a la sala, en completa oscuridad siento como fluye la sangre por mi frente. Me limpio, pues no quiero manchar a mi pareja.
“Y bien, ¿Dónde está mi mujer?” digo en la completa oscuridad buscándola.
La encuentro sentada en la silla de la sala. Pienso, más en su figura, vestida de blanco, inmóvil más que un canapé. Silenciosamente me inclino hacia ella, muy seductoramente, igual que los galanes del teatro; si bien, personifica a Romeo Montesco.
-Preciosa mujer -musitó a su oído- preciosa mujer: ¿Quisiera usted salir conmigo esta noche?
Me halaga al escuchar su voz.
- ¡Si! -dice somnolienta.
La cargo en mis hombros. No pasa nada, y si el cuerpo se tintinea. ! ¡Debe estar ansiosa!
La subo a mi recamara. Como presa sobre mis hombros camino hacia la puerta.
¡La besaré así, así sin detenerme, hundiendo mi cabeza sobre su cabello! Entro a mi recamara. El cansancio me rinde, flaquean mis rodillas y me abandonan las fuerzas. La dejó caer sobre la cama, y ella aún sigue igual de atractiva.
Procedo a desnudarme; a desnudarla, lo cual es tarea fácil, pues sede con tal facilidad su cuerpo todo tieso. Voy presuroso a instalarme junto a su cuerpo. Lo hago con calma, y de una forma tierna. Me inclino por ella. Abre las piernas. La veo. Le pasó la mano por su cuello. Ella me ve y me dice:
-Mírame- suplica mi mujer.
Y nos juntamos. Esa noche nos quedamos juntos los dos, toda la noche, en la misma postura, tal como si fuéramos estatuas. Lo delicado de sus pechos eran fríos. Su mirada era intensa. Tu cuerpo penetraba la carne tal como si fueran dos afilados cuchillos. Aun así, sentía pinchazos de lujuria, pinchazos que lograba provocar en mí.
¡Aún amanece y me despierto todas las noches, pensando en los deseos de volver a sentirte amada de nuevo!.
- ¡Te veré esta noche…!

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