viernes, 13 de febrero de 2026

Un corazón en el muro


By

G. C. Groenlan

#MeGustanloscuentos📚

 

 *** 

"Que mis ojos no se llenen de lágrimas al relatar esto."

/

Fue en una tarde árida, bajo un claro cielo azul y despejado que obligaba a todos a refugiarse en sus casas. Las calles, eran convertidas en simples senderos de polvo, delatando los meses de sequía que habían borrado cualquier rastro de lluvia en aquella ciudad.

Aquellas tardes eran de una aridez implacable. El cielo, de un azul tan despejado que parecía no tener sueño, obligaba a la gente al encierro. Las calles no eran más que senderos de polvo y olvido, donde el viento formaba pequeños remolinos, recordándonos que la lluvia se había vuelto un mito. El aire, cuando se dignaba a circular, llegaba sosegado y caliente, cargado de una tierra que se colaba en las fosas nasales, revelando a cualquier transeúnte la inutilidad de seguir andando.

Nuestras casas eran pequeñas, amontonadas una sobre otra en un laberinto de muros blancos, blanqueados por el sol y la arena. Eran hogares de ventanas cerradas, donde la privacidad se buscaba con el mismo fervor que la frescura. No había árboles ni jardines; solo el metal frío de las tuberías en las esquinas, donde el viajero sediento posaba los labios para robarle un sorbo de vida al agua fresca.

Pero cuando ocurría el milagro de la lluvia, la ciudad se transformaba. La gente sacaba mesas y bancos a la calle, dejando que el agua les lavara el rostro mientras charlaban, ignorando el frío. Los niños nos entregábamos al lodo, ese barro glorioso y refrescante que nos hacía sentir vivos.

Y entre el lodo y el silencio, llegó ella.

Apareció como una visión: piel cuidada, risueña, con un vestido blanco salpicado de flores de colores. Alejandra era la juventud misma en una calle de ancianos. Alta, de una palidez que rozaba lo enfermizo, cargaba con dos maletas y un aura de misterio. Sin saludar a nadie, se detuvo a mirar las nubes grises y, en un acto tan extraño como perfecto, tomó lodo del suelo y se lo untó en la cara.

—Es perfecta —susurré, mientras otros la llamaban extraña.

Mi madre, en un acto de piedad que otros le negaron, le dio posada a cambio de ayuda en los quehaceres. Alejandra se convirtió en un susurro constante en nuestra casa; tímida, servicial, casi una hermana... si no fuera porque yo, a mis siete años, ya la amaba con la devoción de un caballero antiguo.

Jugábamos a las fingidas. Ella era la princesa y yo el lord que la escoltaba al baile. En la penumbra de su habitación, me confesó entre lágrimas que mis promesas de niño la hacían feliz. "Pobre chica", pensaba yo años después, "quizás escondía su capacidad de amar en un lugar donde nadie pudiera lastimarla".

El tiempo pasó y la pubertad me alcanzó como una tormenta incontrolable. Mi amor, antes puro, se mezcló con el deseo oscuro y animal. Me convertí en una sombra que buscaba su cercanía en la noche, confundiendo el afecto con la posesión. Pero una noche, bajo la luz gélida de la luna, me detuve a observar su rostro mientras dormía. Me vi a mí mismo como un monstruo, un perdedor que profanaba la paz de quien más quería.

En ese silencio, comprendí que amarla no era poseer su cuerpo, sino proteger su esencia. Dejé de ser la bestia para volver a ser el niño que, años atrás, le prometió un reino de flores en medio de un desierto de polvo.

Su presencia en casa tuvo un efecto purificador en mí; su cercanía silenciaba mis impulsos más básicos, transformándolos en una devoción nocturna. Cada noche, como un ritual sagrado, visitaba su habitación. Esperaba a que su respiración fuera profunda y rítmica para acercarme a sus labios, dejar un beso que apenas rozaba el aire y susurrarle un «te amo» que se perdía en las sombras antes de salir con cautela.

Sabía que nuestra felicidad era un fruto prohibido. El lazo que nos unía, ese apego casi fraternal, era una barrera invisible, y el cariño de mi madre hacia ella —a quien ya veía como la hija que nunca tuvo— hacía impensable cualquier confesión. Pero el secreto me quemaba por dentro. Una tarde, con el corazón en la mano, le revelé mis sentimientos a mi madre. Ella me miró con una mezcla de asombro y compasión, como quien reconoce un naufragio anunciado.

—¿De verdad la amas? —preguntó con voz suave.

—Sí, la amo —respondí, sin sombra de duda.

—Entonces... es un territorio donde no puedo intervenir.

Mi madre entendía el lenguaje del corazón, pero quedaba la pregunta más dolorosa: ¿me amaba ella a mí? La respuesta llegó antes que la duda, vestida de partida.

—Me voy —dijo ella un día, sin previo aviso.

—¿Te vas? ¿Por qué?

El silencio que siguió fue el más desgarrador e infinito que he conocido. Alejandra agachó la cabeza, evitando el choque de nuestras realidades.

—Aún te amo —insistí, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—No sigas, por favor.

—¿Por qué?

—Me duele —susurró.

—¿Por qué te duele?

—Porque yo no te amo.

Aquellas palabras fueron el golpe de gracia. "Entonces, vete", dije con una frialdad que no sentía. Ella intentó acercarse para un beso de despedida, un gesto cordial que me pareció un insulto. Negué con la cabeza. "No te molestes, ya te despediste".

Esa noche, la lluvia que tanto ansiábamos no llegó. En su lugar, me refugié en el alcohol de una cantina local, rumiando mi rabia y mi soledad. La llamé hipócrita en mis pensamientos; no entendía cómo podía dejarme si yo le ofrecía todo. Bebía para borrar su rostro, pero el cristal de cada vaso no hacía más que reflejar su imagen, como un fantasma que se niega a marcharse.

Pasaron los años. El polvo de las calles se mezcló con el olvido, hasta que la modernidad llegó a nuestro laberinto de muros. Las redes sociales abrieron una ventana al pasado y, entre un listado de nombres, apareció el suyo. La agregué con un temblor en los dedos, convencido de que me ignoraría. Pero al tercer día, la notificación de aceptación iluminó la pantalla. Mi corazón, que creía ya seco, palpitó con una fuerza olvidada.

Era un día de sol implacable, polvo y arena —un día igual a aquel en que la conocí— cuando me atreví a escribirle las primeras palabras en años:

—Hola... ¿Cómo te ha ido?


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