domingo, 15 de febrero de 2026

Una Carne extraña


 By

Groenlan Gonzalez Carrillo


El Hambre de la Oscuridad

La oscuridad la sentía como una manta húmeda y pesada. No recordaba haberme acostado, pero el suelo bajo mí era frío y duro, impregnado de un olor a humedad y algo más… algo metálico y dulce que me llenaba las fosas nasales como un veneno invisible. Intenté tragar, pero mi garganta estaba seca, como si hubiera gritado durante días sin descanso.
Un quejido escapó de mi boca, un sonido rasposo y ajeno. No era mi voz. O al menos, no la recordaba así. Quise levantar una mano para tocar mi garganta, pero mis músculos no respondieron. Era como si mis miembros estuvieran atados con cuerdas tensas que se negaban a ceder.

El pánico empezó a burbujear, una sensación extraña porque no sentía mi corazón. No había latido. Nada. Solo un silencio espantoso dentro de mi propio cuerpo.
Finalmente, y con un esfuerzo agónico, logré abrir los ojos de par en par. La luz era cegadora, gris y sucia, podía ver cómo se filtraba a través de lo que parecían ser barrotes.

 Estaba en una celda. Una celda con otras… cosas. Formas oscuras y silentes, algunas caídas, otras apoyadas contra las paredes, como muñecos abandonados.

Intenté recordar cómo llegué aquí, pero mi mente era una niebla pegajosa. Solo había destellos: un dolor agudo en el cuello, una risa estridente, el sabor a sangre… ¿mi sangre?

Entonces sentí el primer tirón. No fue en mis músculos, sino más profundo. Una punzada helada y desgarradora en el abdomen, como si algo estuviera despertando allí dentro. Era una sensación de vacío voraz, una grieta que se abría en mi interior, exigiendo ser llenada.
Moví mi brazo de nuevo, esta vez con más fuerza. Mis dedos rozaron mi mejilla. La piel estaba fría y tensa, no recordaba mi propia piel. Con horror, noté que la textura era irregular, como si algo se hubiera secado y endurecido. Intenté llevar mi mano a mi boca, pero mis movimientos eran descoordinados, espasmódicos. Era como si mi cerebro diera una orden, pero mis extremidades la interpretaron de una manera distorsionada y lenta.

El hambre. Dios, el hambre. Era una corriente eléctrica que ahora recorría cada fibra de mi ser, una necesidad primordial que eclipsaba todo lo demás. Era más que hambre de comida; era una sed de vida, de algo cálido y pulsante.
Vi mi reflejo en un charco oscuro en el suelo. La cara que me devolvía la mirada no era la mía. Los ojos estaban hundidos y rodeados de un morado oscuro, las pupilas fijas en una mirada vacía. Mi piel era de un tono verdoso pálido, y una costra negra cubría una herida en mi sien. Pero lo que más me horrorizó fue la boca. Estaba entreabierta, y de ella asomaban unos dientes más largos y afilados de lo que recordaba. Y las encías…las encías estaban negras.

Un olor. El olor a putrefacción, a carne echada a perder. Al principio pensé que venía de las otras figuras en la celda.

Pero luego me di cuenta. Venía de mí.

Un gemido gutural escapó de mi garganta, un sonido que no era humano. Y mientras lo escuchaba, la comprensión me golpeó como un rayo helado. Ya no era yo. O al menos, no el yo que recordaba. Mis recuerdos se desvanecen como humo, ahora son reemplazados por una única y abrumadora necesidad.

Miré a la figura más cercana, un cuerpo inerte apoyado en la pared. Mis ojos se fijaron en su cuello. La carne. Era todo lo que podía ver. Y entonces, sin que mi mente consciente lo ordenara, un instinto primordial me impulsó.

Un gruñido rasposo salió de mis labios, y mis manos, con las uñas rotas y ennegrecidas, se extendieron torpemente hacia el objeto de mi deseo. El horror de lo que me había convertido se ahogó en el incesante y voraz rugido de mi nuevo, antinatural, apetito. La carne.


El espacio en el que me encontraba era muy reducido, apenas unos metros cuadrados. Las paredes estaban cubiertas de moho y cicatrices de humedad. Los barrotes, oxidados y torcidos, parecían más un adorno cruel que una verdadera protección. 

Afuera, se escuchaban pasos, cadenas arrastrándose, y de vez en cuando un grito lejano que se apagaba en la distancia.
Las otras figuras en la celda no se movían. Algunos tenían la piel tan reseca que parecían momias olvidadas. Otros, en cambio, respiraban con un ritmo lento y pesado, como si estuvieran atrapados en un sueño interminable.

Me acerqué a uno de ellos con lentitud. Era un hombre, o bueno eso lo había sido en vida. Su rostro estaba hundido, con los labios pegados a los dientes en una mueca eterna. Sus ojos estaban cerrados, pero su pecho se movía apenas. El olor que emanaba era nauseabundo, y sin embargo, algo en mí lo encontraba… atractivo.

El hambre rugió de nuevo en mi
De repente mi mente se agitó. Vi imágenes fugaces: una calle oscura, faroles apagados, el sonido de pasos apresurados. Una sombra detrás de mí. Un dolor punzante en el cuello. Una voz que susurraba: “Ahora eres mío.”

Recordé haber intentado gritar, pero mi voz se apagó en la garganta. Recordé unas manos frías sujetándome, arrastrándome hacia un lugar subterráneo. También recordé el sabor metálico de la sangre, y cómo mi cuerpo se desplomaba sin fuerzas.

Por un momento pensé; ¿Quién me había traído aquí? ¿Qué era ahora?

Por un momento, el cuerpo junto a mí se movió. Un espasmo leve, apenas perceptible. -Mis ojos se fijaron en su cuello, en la piel reseca que aún guardaba un rastro de calor-.
No lo pensé. Ni razoné. Solo me lancé. Mis dientes se hundieron en la carne con una fuerza que no sabía que tenía. 

El sabor fue indescriptible: ácido, metálico, repugnante… y sin embargo, delicioso.

El hambre se calmó por un instante, como si hubiera recibido una dosis mínima de lo que necesitaba. Pero pronto volvió, más fuerte, más exigente.

Me aparté, horrorizado. El hombre no se movía. Su cuello estaba marcado por mis dientes, y un hilo oscuro corría por su piel.
Yo había hecho eso.
Entonces la escuché. Una voz, suave y seductora, que no venía de afuera, sino de adentro de mi cabeza.
—No luches. No niegues lo que eres. El hambre es tu verdad.
Me tapé los oídos, pero la voz seguía allí.
—Eres parte de nosotros ahora. La carne es tu alimento. La sangre es tu destino.
Miré a los otros cuerpos en la celda. Algunos tenían los ojos abiertos, fijos en mí. No eran miradas humanas. Eran miradas vacías, hambrientas, como la mía.

Pasaron horas, o días, no lo sé. El tiempo era un concepto inútil en aquel lugar. Solo existía el hambre.
Un ruido metálico me despertó de mi trance. Los barrotes se abrieron, y una figura encapuchada entró. Llevaba un farol que iluminaba su rostro. Sus ojos eran de color rojos, brillantes, y su sonrisa mostraba colmillos afilados.
—Levántate —ordenó.
Mis piernas respondieron, aunque no quería. Caminé hacia él como un esclavo obediente.
—Has despertado. Ahora conocerás el mundo que te espera.

Me llevaron por pasillos interminables, húmedos y oscuros.
Había celdas a ambos lados, con criaturas como yo, algunas más deformes, otras más humanas. Todas compartían la misma mirada vacía.
Finalmente llegamos a una puerta enorme. Al abrirse, la luz de la luna inundó mis ojos. Estábamos en un cementerio. Las tumbas se extendían como un mar de piedra, y figuras se movían entre ellas, arrastrándose, gruñendo, buscando.
—Este es tu hogar ahora —dijo la voz encapuchada—. La noche es tu reino. El hambre, tu guía.
Sentí el aire frío en mi piel muerta. Sentí la tierra húmeda bajo mis pies. Y…y algo dentro de mí se estremeció. No tenía miedo. 
Era aceptación. Como si mi cuerpo —o lo que quedaba de él— reconociera aquel lugar. El cementerio no era solo un campo de tumbas; era un santuario para los condenados, un refugio para los hambrientos.  
La figura encapuchada se desvaneció entre las lápidas, dejando tras de sí un rastro de sombras que parecían susurrar mi nombre. Me quedé allí, inmóvil, observando a las criaturas que se arrastraban entre las tumbas. Algunas olían a tierra recién removida, otras a carne podrida. Todas tenían los ojos vacíos, como espejos rotos que reflejaban el mismo abismo.  
Me acerqué a una de ellas. Era una mujer, o lo había sido. Su cabello estaba enmarañado, lleno de barro y hojas secas. Me miró sin expresión, y luego siguió su camino, olfateando el aire como un animal perdido.  
Entonces lo entendí. No éramos prisioneros. Éramos cazadores.  
La luna ascendía, redonda y pálida, como un ojo vigilante. Las criaturas comenzaron a moverse con más rapidez, como si algo las llamara. Yo también lo sentí: un tirón en el pecho, una urgencia que me impulsaba hacia el bosque que rodeaba el cementerio.  
Corrí. Mis pasos eran torpes, pero cada vez más seguros. La vegetación se abría ante mí como si reconociera mi paso. Y entonces lo vi: una casa solitaria, con luces encendidas. Humanos.  

El hambre rugió de nuevo en mi.  
Me acerqué, oculto entre los árboles. Dentro, una familia cenaba. El olor a carne cocida, a sangre tibia, me hizo salivar. Mis dedos se aferraron a la corteza de un árbol, y mis uñas se clavaron en ella como garras.  

Pero algo me detuvo. Una niña, de unos ocho años, se levantó de la mesa y se acercó a la ventana. Me miró. No gritó. No huyó. Solo me miró con curiosidad.  
Y en ese instante, algo se quebró en mí.  
La niebla de mi mente se agitó. Vi a una niña parecida, en otro tiempo, en otro lugar. Su risa. Su abrazo. ¿Era mi hija? ¿Había tenido una?  
El hambre se desvaneció por un momento, reemplazado por una punzada de dolor. No físico. Algo más profundo. Algo que me recordaba que alguna vez fui humano.  
Me alejé de la casa. Corrí sin rumbo, hasta caer de rodillas entre las tumbas. Grité, o intenté hacerlo. Pero solo salió un gruñido seco.  

La figura encapuchada apareció de nuevo.  

—¿Por qué huyes de lo que eres? —preguntó.  

—Porque aún recuerdo —respondí, con voz quebrada—. Aún siento.  

La figura se acercó. Su rostro era una calavera envuelta en sombras.  

—Entonces no eres uno de nosotros.  

Y me atravesó el pecho con una garra negra.  

No sentí dolor. Solo vacío.  

Mi cuerpo cayó entre las tumbas, y la tierra comenzó a caer lentamente. Pero mientras me hundía, una última imagen cruzó mi mente: la niña en la ventana, y mi reflejo en sus ojos.  

Quizá, en algún rincón de este mundo de hambrientos, aún quedaba un eco de lo que fui.  
Sobre el autor

Groenlan González Carrillo es un escritor apasionado por el terror, un género que se ha convertido en su refugio creativo y en su forma de explorar los límites de la imaginación. Desde temprana edad se sintió atraído por las historias oscuras y los relatos que despiertan inquietud, encontrando en autores clásicos como Poe, Lovecraft y Francisco Tario como una fuente de inspiración.  

Su escritura se caracteriza por atmósferas intensas, metáforas sombrías y una mirada psicológica que revela los miedos ocultos del ser humano. Aunque se considera un escritor amateur, ha compartido sus textos en espacios digitales y círculos literarios, donde ha encontrado lectores que valoran la sinceridad y la fuerza de su voz.  

Para él, el terror no es solo entretenimiento, sino un espejo de la condición humana: un modo de enfrentar la soledad, la incertidumbre y los fantasmas interiores. Cada relato que escribe es una invitación a adentrarse en lo desconocido y a descubrir que, en las sombras, también habita la belleza.  


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