martes, 17 de febrero de 2026

El Ocaso de los Reyes 🔥

 By


G.C. Groenlan


El sol se hundía en el horizonte como una herida abierta, tiñendo el aire de un rojo encendido. Fue bajo esa luz de fuego que Aron el Conquistador, soberano de Aratia, entró a caballo en la granja. Su sola presencia emanaba una amenaza antigua, un horror que hacía que los hombres valientes buscaran refugio en las sombras. Bajo su arcada de orgullo, Aron avanzaba con la certeza del que sabe que ningún oponente vivo es digno de cruzar acero con él. Todos, ante su paso, huían o se ocultaban.

Todos, menos uno.

Inmóvil, como una raíz profunda que se niega a ser arrancada, Aldaran el Granjero aguardaba en el umbral. No tenía escudo que lo protegiera ni espada que le diera valor. Estaba allí, despojado de todo peso salvo el de su propia dignidad, firme como una escultura tallada en la roca viva. Fue el único que no bajó la mirada ante la imponente imagen del conquistador.

—No tiene por qué estar aquí, mi señor —dijo Aldaran, y el tiempo pareció congelarse entre ambos—. Aquí solo hay cosechas y tierras que ya llevan vuestro nombre. Déjenos vivir y le serviremos con lealtad.

Aron, desde lo alto de su montura, lo observó con una mezcla de curiosidad y desprecio.

—No he venido por tus cosechas ni por tus tierras —respondió el rey, y su voz sonó como el metal chocando contra la piedra—. Como bien has dicho: ya son mías. No busco robar el fruto de tu trabajo, buen hombre. Mi labor es más pesada: yo me encargo de que los hombres cumplan su palabra y obedezcan las leyes que juraron proteger.

El rey se inclinó levemente hacia adelante, su sombra cubriendo al granjero.

—A los hijos se les enseña respeto no solo con amor, sino con el ejemplo. El Reino de Rembrant me ha desobedecido, y sus actos exigen un castigo que la historia no olvide.

En ese instante, el silencio de la granja se rompió. Como fantasmas emergiendo de la espesura, un centenar de soldados aparecieron en el linde del bosque. Tras ellos, el crujido de la madera anunció la llegada de las catapultas, máquinas de asedio que apuntaban al corazón de aquellas tierras.

Aldaran sintió un frío repentino. La magnitud de la destrucción que se avecinaba le oprimió el pecho. El impulso de correr, de desaparecer antes de que el fuego lo consumiera todo, luchaba contra sus piernas de piedra.

—Tu gente no tiene por qué sufrir por los actos reprochables de un rey que los abandonó —dijo Aron, y por un segundo, hubo un destello de una piedad oscura en sus ojos—. Toma un caballo y vete con tu familia. Corre y no mires atrás.

El Conquistador dio media vuelta a su caballo, dándole la espalda al granjero como si este ya no existiera.

—No mires atrás, Aldaran. Porque cuando el sol termine de ponerse, aquí no habrá quedado nada. Nunca hubo nada aquí.


Aldaran espoleó al caballo, llevando a su familia a cuestas mientras los cascos golpeaban la tierra con desesperación. Al alcanzar la colina más alta, no pudo evitar desobedecer la orden del rey. Se detuvo y miró hacia atrás una última vez.

En el valle, la granja y los campos ya no existían; en su lugar, el horizonte era una sola línea de fuego rugiente que devoraba el cielo. No había gritos, solo el siseo voraz de las llamas y el rítmico latido de las catapultas lanzando muerte desde la oscuridad del bosque. El mundo que conocía se había convertido en ceniza y silencio, tal como Aron prometió.

El Conquistador no solo había quemado la tierra, había borrado el pasado, dejando tras de sí un vacío absoluto donde antes hubo vida.

* * *

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