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G.C. Groenlan
Hab铆a cabalgado desde los Reinos del Alba, llevando consigo la espada de su linaje, Elarion, forjada en los fuegos del primer sol. Pero su pecho sangraba, no por hierro enemigo, sino por la traici贸n de los hombres que juraron seguirle. Solo, exhausto, y con la armadura rota, se arrastr贸 hasta la cima del monte, buscando el juicio de los cielos.
Y fue entonces que el rayo descendi贸.
No como castigo, sino como se帽al. Porque en lo alto del Thar没m, donde la niebla se abre como cortinas de un teatro divino, apareci贸 Virelth, el semidi贸s del trueno y la memoria, nacido del cruce entre los astros y las aguas profundas. Su forma era luz y sombra, su voz como el eco de mil batallas. Mir贸 al caballero ca铆do y habl贸:
“Tu derrota no es el fin, Aeltharion, sino el umbral. La espada que portas no busca victoria, sino redenci贸n.”
Pero no fue Virelth quien san贸 al caballero. Fue Serenya, la dama del valle oculto, tejedora de destinos y guardiana de los susurros del bosque. Ella hab铆a seguido a Aeltharion en secreto, guiada por sue帽os que los antiguos llamaban la visi贸n del tercer d铆a. Serena y firme, coloc贸 su mano sobre el pecho del caballero, y cant贸 en la lengua de las hojas.
La niebla se alz贸 como alas, y el trueno se convirti贸 en canto.
Aeltharion despert贸, no como hombre, sino como el Renacido, portador de la llama que no arde, sino ilumina. Junto a Serenya y bajo la mirada de Virelth, descendi贸 del monte Thar没m, no para vengarse, sino para restaurar lo que fue roto: los pactos antiguos entre los hombres y los dioses.
Y as铆 comenz贸 la Segunda Era del V铆nculo, cuando la tormenta dej贸 de ser castigo, y se convirti贸 en promesa.
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